Hay algo arrogante en nuestra obsesión por ordenar el mundo. Tratamos el desorden como un error y el caos como una falla del sistema, cuando puede ser la forma en que el sistema funciona. Nos enseñaron a corregir, a estructurar y a clasificar lo que no entendemos hasta que encaje en algo reconocible. Necesitamos explicaciones y certezas para interpretar la realidad y movernos dentro de ella. Eso es humano. Pero hay momentos en que nada encaja.
Vivimos una época que muchos describen como caótica. Guerras que se superponen, tensiones geopolíticas, instituciones cuestionadas, gobiernos que prometen y no cumplen, relatos que cambian según quién los cuente, verdades que duran lo que dura un titular. Todo se ve fragmentado, inestable, incomprensible. Y reaccionamos como siempre: ordenar, regular, explicar, controlar. Tratamos el caos como el enemigo.
¿Y si el problema fuera nuestra necesidad de domesticarlo?
El caos también tiene historia
Yo creo que el caos no siempre es ausencia de orden. A veces es un orden que todavía no logramos comprender. Hay patrones en las crisis, ciclos en las transformaciones y comportamientos humanos que reaparecen en circunstancias distintas. Las guerras no surgen de la nada. Las fracturas sociales tampoco. Las instituciones no pierden legitimidad de un día para otro. Son procesos que se acumulan y avanzan en silencio hasta que sus consecuencias no se pueden ignorar. Aun así, insistimos en leer cada crisis como si fuera la primera, cada ruptura como un accidente y cada cambio como algo nunca visto. Miramos los hechos y no vemos el movimiento. Ahí está parte de nuestra dificultad.
Hace miles de años, Eclesiastés decía que «no hay nada nuevo bajo el sol». Cada época tiene sus circunstancias, pero la frase sigue sonando familiar. La humanidad siempre ha cambiado. Transformamos cómo producimos, comerciamos, nos comunicamos, nos organizamos y entendemos el mundo. Construimos sociedades e instituciones que parecían permanentes y después las modificamos, las reemplazamos o las abandonamos. Cada transformación trajo sus resistencias, su incertidumbre y sus consecuencias. Este no es el primer gran cambio de nuestra historia y tampoco será el último.
Por eso pienso que lo que hoy llamamos caos es la transición entre dos órdenes. Uno que conocemos, que aprendimos a habitar y que todavía intentamos conservar. Otro que empieza a emerger y cuyas formas aún no entendemos. Estamos mudando de piel, y mudar de piel significa soltar algo que alguna vez nos protegió sin saber cómo será lo que venga a reemplazarlo. Incomoda, genera incertidumbre y provoca resistencia. También es parte de nuestra historia.
Sin cambios no habría evolución, y sin transformaciones no habría nuevas posibilidades de desarrollo. Pero no todo cambio es una mejora. Podemos equivocarnos, retroceder o construir algo peor. La evolución de nuestras sociedades no tiene un resultado garantizado. Lo que sí muestra la historia es una enorme capacidad para adaptarnos, aprender y volver a empezar.
La velocidad es la verdadera disrupción
Hay una característica de este momento que merece atención especial. La velocidad. Los cambios rápidos no son nuevos, pero hoy los cambios tecnológicos se suceden, se superponen y se expanden con una rapidez que desafía nuestra capacidad de entenderlos. El conocimiento circula casi al instante, las innovaciones se propagan por todo el planeta y herramientas que ayer parecían extraordinarias hoy son parte de la rutina. La inteligencia artificial profundiza esta transformación porque entra en actividades que considerábamos propias del intelecto humano, como analizar, crear, interpretar información, aprender y decidir.
Lo más disruptivo de estas herramientas es la velocidad con que modifican nuestra realidad.
Cuando empezamos a entender un cambio, ya está ocurriendo otro. Cuando incorporamos un conocimiento, aparecen descubrimientos que nos obligan a revisarlo. Cuando una institución intenta adaptarse, las circunstancias ya cambiaron de nuevo. No alcanzamos a digerir una transformación antes de tener encima la siguiente. Las sociedades, las instituciones y cada uno de nosotros necesitamos tiempo para comprender, discutir, aprender y adaptarnos, y ese tiempo se achica. La velocidad de nuestras herramientas no coincide con la velocidad con que asimilamos sus consecuencias. Esa puede ser una de las razones por las que percibimos tanto caos. Atravesamos una transición entre un orden conocido y otro emergente, y la vivimos a un ritmo que dificulta nuestra propia adaptación.
Aprender, desaprender y volver a aprender
Hay algo contradictorio en nuestra naturaleza. Necesitamos estabilidad, buscamos certezas y construimos hábitos para no tener que cuestionarlo todo todos los días. El cerebro reconoce patrones y automatiza comportamientos, una forma eficiente de usar recursos y de no partir de cero en cada experiencia. Pero también somos curiosos. Investigamos, cuestionamos, exploramos y creamos herramientas que terminan transformando la realidad que conocemos. Nosotros mismos impulsamos muchos de los cambios que después nos cuesta aceptar. Esa tensión es antigua. Lo que cambió es la frecuencia con que debemos revisar lo que sabemos.
Durante mucho tiempo, aprender significó sumar conocimientos nuevos sobre los anteriores. Hoy la adaptación exige una disposición permanente. Aprender ya no alcanza, también hay que desaprender. Cuestionar conocimientos que alguna vez bastaron, abandonar explicaciones que dejaron de servir y asumir que nuestras certezas pueden durar bastante menos de lo que imaginábamos. Aprender, desaprender, volver a aprender y volver a desaprender. La memoria, la historia y el conocimiento acumulado siguen siendo las herramientas que nos permiten reconocer patrones y entender mejor las transformaciones. Lo que hay que evitar es convertir lo aprendido en una estructura rígida que nos impida seguir comprendiendo.
Ahí aparece una pregunta que me parece fundamental.
¿Cómo desarrollamos resiliencia frente a transformaciones que ocurren más rápido de lo que conseguimos asimilarlas?
Porque nuestra necesidad de estabilidad también puede volverse una forma de resistencia. Cuando la incertidumbre crece demasiado, las certezas conocidas se ven más atractivas que un futuro que no entendemos. Buscamos refugio en estructuras que ya no responden a nuestra realidad, resistimos cambios necesarios y nos aferramos a explicaciones que dan seguridad aunque hayan perdido la capacidad de interpretar lo que pasa. La misma velocidad que abre posibilidades extraordinarias también provoca temor, rechazo y retrocesos. Es una de las grandes tensiones de nuestro tiempo. Cambian nuestras herramientas y nuestras instituciones, y además se exige que cambie nuestra manera de pensar.
Encontrar el orden
Tengo esperanza. No sé cómo termina esta transformación ni creo que nos espere necesariamente un mundo mejor. Tengo esperanza porque la humanidad ha demostrado una y otra vez una enorme capacidad de adaptación. Hemos atravesado períodos de incertidumbre, aprendido a movernos en realidades nuevas y construido formas de organización que generaciones anteriores difícilmente habrían imaginado. Esta vez el desafío es distinto en su velocidad y en la profundidad de algunas de sus consecuencias, pero seguimos teniendo la capacidad de investigar, cuestionar, comprender y aprender. Con el tiempo, probablemente desarrollemos nuevas maneras de convivir con esta aceleración.
Habrá transformaciones que golpeen fuerte a ciertas personas, actividades o sectores, mientras otros mantienen más estabilidad. No todos viviremos los cambios igual ni al mismo ritmo. Parte de la adaptación consiste en aprender a distinguir qué cambios son relevantes, qué conocimientos hay que actualizar, qué experiencias vale la pena conservar y qué estructuras toca transformar. Hay que reconocer lo que importa a cada persona y también lo que importa a la sociedad. Es un desafío para las instituciones, la educación, la política y quienes toman decisiones colectivas. También es una responsabilidad personal. Cada uno tiene que mantener la curiosidad, desarrollar pensamiento crítico y estar dispuesto a revisar sus certezas, sabiendo que lo que aprendimos hoy puede tener que reconsiderarse mañana.
No sabemos cuánto durará esta transición ni qué forma tendrá el orden que emerja. Tampoco sabemos si todos sus resultados serán buenos. Aun así, no necesitamos todas esas respuestas para empezar a entender lo que vivimos. Encontrar el orden en el caos es desarrollar la capacidad de reconocer sus movimientos, adaptarnos a sus ritmos y distinguir lo esencial de lo que simplemente está cambiando.
El mundo seguirá transformándose, con nuestras certezas y a pesar de ellas. Y nosotros seguiremos aprendiendo. El caos que hoy percibimos va a ceder cuando encontremos nuevas maneras de comprender las transformaciones y de vivir dentro de ellas. Es posible que el mundo no esté desordenado y que todavía lo estemos interpretando con reglas que ya no alcanzan.
Y quizás, solo quizás, el orden que buscamos está en la forma en que aprendemos a mirar.
